miércoles, 16 de septiembre de 2009

EL MUNDO ESTÁ CANSADO DE “ANTI-AMOR”

Conferencia de monseñor Oscar Domingo Sarlinga en abril de 2005, siendo obispo titular de Uzali y auxiliar de Mercedes-Luján, con motivo de la apertura inaugural de la “Cátedra libre de Pensamiento Cristiano” de la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, en la ciudad de Junín.


(29 de abril de 2005)

Ilmo. Mons. Armando Rosido, vicario episcopal

Señor Secretario Académico, Dr. Guillermo Tamarit, quien en nombre del Señor Rector preside este acto,

Alumnos de esta Universidad, Señoras, Señores


Es un motivo de gran agrado y de honor para quien les habla el inaugurar en este acto y con esta conferencia la “cátedra libre de pensamiento cristiano” de la Universidad del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires, en esta ciudad de Junín, a tantos títulos querida para nosotros, y que desde nuestra perspectiva eclesial forma parte de la arquidiócesis de Mercedes-Luján.

La apertura de una Universidad en nuestro medio geográfico y social es razón de legítimo progreso y prenda de grandes beneficios en el orden de la sociedad humana. El conocimiento de la verdad, la profundización en las distintas ciencias y la capacitación en las especialidades del saber y obrar humano son cometido de la Universidad, que ha de formar como “alma mater” a los alumnos que aquí acuden para las carreras que se dictan. Y los felicito sinceramente por la apertura de esta “cátedra libre de pensamiento cristiano”, a cargo de Mons. Armando Rosido, vicario episcopal de Junín, porque será un lugar privilegiado de expresión de la visión cristiana del mundo y del hombre, a la vez que un foro de intercambio de opiniones y de profundización de los grandes temas de la civilización contemporánea.

Precisamente el tema sobre el que he venido a hablarles es de gran importancia y de gran actualidad: la Doctrina social de la Iglesia, llamada por Juan Pablo II, “el Evangelio social”, en el sentido de los valores evangélicos, que son a la vez humanos y trascendentes, y que han de encarnarse concretamente en la sociedad, transformando a ésta desde dentro, para hacerla “más humana” y “más digna del ser humano”. En su Magisterio, el Papa Benedicto XVI nos ha llamado también a vivir los valores de la paz y de una civilización digna del hombre.

He elegido para comenzar el llamado a la “nueva imaginación de la caridad”, que nos dirigiera Juan Pablo II cuando nos introdujo al tercer Milenio en su visión programática que expresó en la carta “Novo millenio ineunte”.


1. La “nueva imaginación de la caridad”

Este supremo modelo de unidad al que aspira la humanidad, en el fondo, es el reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra “ comunión ”. Esta comunión, específicamente cristiana, celosamente custodiada, extendida y enriquecida con la ayuda del Señor, es el alma de la vocación de la Iglesia a ser “ sacramento ”, en el sentido ya indicado. Aquí tiene la comunidad eclesial un magnifico campo de realización de su misión y de hacer surgir, mediante el principio y la acción comprehensivos de la solidaridad, una civilización “digna del hombre” (1). Esta civilización tendrá que ir siendo hecha por la comunidad cristiana, con la cooperación de los hombres de buena voluntad, “a través de la reflexión y la praxis inspirada por el Evangelio” (2)

Es preciso también un redescubrimiento a nivel civil de la convicción de que el respeto de la dignidad de la persona está y debe estar en la base de toda iniciativa de construcción de la sociedad, y, recíprocamente, de que la edificación de la misma sociedad exige el respeto de los derechos de los hombres y, en íntima conexión con ello, de los derechos de los pueblos y de las naciones.

En esto, todos cuantos creemos en Dios debiéramos también “redescubrir vivencialmente” nuestro convencimiento de que el orden armonioso al que todos los pueblos aspiran ardientemente no puede realizarse solamente con los esfuerzos humanos, si bien sean indispensables; es necesaria la caridad (3). Un desarrollo solamente económico no es capaz de liberar al hombre, al contrario, lo esclaviza todavía más. Las aspiraciones del género humano, que constataba Pablo VI en su Encíclica Populorum progressio, incluyen lo económico-social como componente muy importante, por cierto, pero que de ninguna manera lo agota : “Ser liberados de la miseria, encontrar con más seguridad su subsistencia, fuera de toda opresión, al abrigo de las situaciones que ofenden su dignidad de hombres, ser más instruidos, en una palabra, hacer, conocer y tener más, para ser más, tal es la aspiración de los hombres de hoy, mientras que un gran número de entre ellos están condenados a vivir en condiciones que hacen ilusorio este legítimo deseo”(4) Lo más importante es “ser más” y ello incluye, fundamentalmente, la dimensión espiritual.

Los pueblos y los individuos aspiran a su liberación, en sentido de una vida con valores humanos, que proporcionen felicidad. La búsqueda del pleno desarrollo es el signo de su deseo de superar los múltiples obstáculos que les impiden gozar de una “ vida más humana ” (5). Por haber centrado excesivamente las aspiraciones humanas en el mundo económico-social, el mundo contemporáneo está cansado, quizá sin tanta conciencia psicológica de ello, de sus caminos de materialismo y de “anti-amor”.

La caridad, en cambio, la eterna, la que viene de Dios, será un potentísimo motor de cambio. Siempre la Iglesia ha practicado la caridad, también en su dimensión “social” (6).

Hoy, habiendo traspuesto los umbrales del tercer Milenio, se nos propone una actitud plenificante y superadora, esto es, obrar una “nueva imaginación de la caridad”, que haga efectivo un “amor social” ubicado no en un “medio equidistante” entre individualismo capitalista y socialismo –medio, que, por otra parte, sería ilusorio y reductivo del “amor social”, como si fuera una “tercera vía”– sino verdaderamente “en las antípodas del egoísmo y del individualismo, sin absolutizar la vida social” (7). Es una intepelación que, cual Pastor universal en un momento crucial de la historia de la humanidad, nos lanzó el Papa Juan Pablo II como desafío para el tercer Milenio. Efectivamente, el mencionado Papa nos pidió, con intuición profética y pastoral, una “nueva imaginación de la caridad”, cual gran interpelación (8) para la evangelización de nuestro tiempo, como un testimonio que inaugure un estilo nuevo, que reporte una “eficaz presentación a la buena nueva del Reino”. A ese “nuevo estilo” fuimos llamados en la Carta apostólica Novo Millenio ineunte, con el fin de “corroborar con la caridad de las obras, la caridad de las palabras”: “Es la hora de un nueva “imaginación de la caridad”, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno” (9). Es hora, pues, de reconstruir en nuestra civilización un renovado “compartir –no sólo “repartir”– fraterno” en y desde la virtud de la solidaridad (10).

Que agrega, la “nueva imaginación”?. Agrega una nueva actitud, en el orden de la construcción del Reino, una nueva actitud misional, una nueva actitud en el orden social, de realización de la “caridad social” y la “caridad política”. Nueva actitud y nueva puesta en obra. Confianza renovada, evangelización renovada o “nueva evangelización”.

Implica, pues, una nueva actitud en toda la vida cristiana, en el estilo eclesial y en la programación pastoral (11). Es una “nueva actitud” a partir de la contemplación repristinada el Rostro de Cristo, en una superación del relativismo en materia ética y del secularismo, más atenuado o más radical, imperante. Implica, al mismo tiempo, una renovación profundizadora de los principios de solidaridad y subsidiariedad, los cuales han de inspirar concretamente las nuevas áreas y nuevos “areópagos” (12) La superación del secularismo implica una revalorización de la legítima autonomía de las realidades seculares y de la sana laicidad.

La “nueva imaginación” apunta a hacer más brillante el signo, ya fulgurante, del amor activo y concreto para con cada ser humano que ha sido siempre la caridad para con los más pobres (13), signo renovado, por otra parte, de la evangelización en el nuevo Milenio y que de ningún modo se confunde con la fría limosna o el asistencialismo como programa. Respuestas a nuevos desafíos de la “opción preferencial por los pobres” se dirigirán a cuestiones como las situaciones de marginación social, tales como la tóxicodependencia, la cárcel, los minusválidos, los inmigrantes marginalizados, los menores en riesgo, por no citar sino sólo algunos. En este sentido, será fundamental una recepción de parte del Estado, en leyes que acojan el voluntariado, en estos casos, sobre todo católico.

Entiendo que esta llamada apunta a una “nueva imaginación” también del punto focal de nuestro común legado civilizacional –religioso, jurídico y cultural– y de un relanzamiento nuevo de los efectos de la dignidad, extraordinaria e inalienable, de la persona humana. En esto la Iglesia discierne sus acciones a la luz de la vocación y elección que ha tenido de parte de Dios, y “(…) comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que en el ámbito de la ortodoxia” (14).

Esta llamada conlleva también la realización del ideal de un renovado modelo de unidad de la humanidad, no la del “irenismo” o la de una presunta unidad sin valores religiosos, o sin religiones, sino el modelo de los vínculos humanos y naturales, fuertes y profundos, donde se perciba a la luz de la fe un nueva nueva concepción de “unidad del género humano”, el cual debe inspirarse en última instancia en la virtud de la solidaridad, que ha de ser extendida globalmente: es la “globalización de la solidaridad trascendente”.


2. La solidaridad

Ya en la encíclica Sollicitudo rei socialis, el Papa Juan Pablo II se refería al tema de la solidaridad entre los pueblos, poniendo en guardia a las naciones más fuertes, en sentido de no acordar una prioridad absoluta a la propia seguridad, a expensas de la autonomía, de la libre decisión e incluso de la integridad territorial de naciones más débiles (15). Se trata de valorar seriamente la realidad de la “mundialización” o “globalización”, en sentido lato (16). En este sentido, la “nueva imaginación de la caridad” debe apuntar particularmente al tema de la globalización –término utilizado últimamente con frecuencia, aunque no como tema específico, por el Magisterio pontificio–(17), sin duda un “signo de los tiempos”, para producir la ansiada “globalización de la solidaridad sin marginalización”. La globalización incluye la consideración de la Iglesia como “actor global con responsabilidades globales” y la consideración de la humanidad como “una sola familia”, así como de las dimensiones globales de la cuestión social (18).

Al apuntar a una globalización en la solidaridad, el contenido de “nueva evangelización” de la “nueva imaginación de la caridad” ha de apuntar sobre todo a las desigualdades y a las exclusiones de los individuos y de los pueblos, del progreso económico y social. Este es un gran desafío actual para la Iglesia y su doctrina social, que es al mismo tiempo, “testimonio de obras”: asegurar una globalización de la solidaridad, una globalización sin marginación (19). Se puede afirmar que lo que subraya la doctrina social de la Iglesia es algo así como domar, domesticar, gestionar o gobernar los procesos de globalización, de modo que puedan efectivamente crear un proceso de desarrollo más incluyente y más equitativo (20), evitando el riesgo de la absolutización de la economía y defendiendo a ultranza la centralidad de la persona humana y de su capacidad de establecer relaciones libres y responsables. Es preciso repensar la cooperación internacional, en términos de una nueva cultura de la solidaridad. Pensada como “semilla de paz”, la cooperación no se puede reducir a la ayuda y a la asistencia, sino que debe expresar, un empeño concreto y tangible de solidaridad, de tal modo que haga a los pobres protagonistas de su desarrrollo y consienta al mayor número posible de personas el explicar, en las concretas circunstancias económicas y políticas en que viven, la creatividad típica de la persona humana, de la cual depende la riqueza de las naciones (21).

Se requiere, al mismo tiempo, una renovación de la sensibilidad cristiana frente a las necesidades y problemas que la interpelan (22). En efecto, el panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social (23). En este sentido, se debe prestar especial atención a las “ estructuras de pecado ”, y los pecados que conducen a ellas (24), ambos cuales se oponen con igual radicalidad a la paz y al desarrollo, pues el desarrollo, según la conocida expresión de la encíclica de Pablo VI, es “ el nuevo nombre de la paz ” (25).

Cuanto se ha dicho no se podrá realizar sin la colaboración de todos, especialmente de la comunidad internacional, en el marco de una solidaridad que abarque a todos (26), empezando por los más marginados. Pero las mismas naciones en vías de desarrollo tienen el deber de practicar la solidaridad entre sí y con los países más marginados del mundo.

La “nueva imaginación de la caridad” apunta también a un desarrollo que abarque la dimensión cultural, trascendente y religiosa del hombre y de la sociedad, pues, en la medida en que no se reconoce la existencia de tales dimensiones, en la medida en que la sociedad no se orienta en función de las mismas sus objetivos y prioridades, contribuiría aún menos a la verdadera liberación. El ser humano es totalmente libre sólo cuando es él mismo, en la plenitud de sus derechos y deberes; y lo mismo cabe decir de toda la sociedad. Esa es la base del humanismo integral y solidario.

El principal obstáculo que la verdadera liberación debe vencer es el pecado y las estructuras que llevan al mismo, a medida que se multiplican y se extienden (27).Esos pecados atentan contra la libertad con la cual Cristo nos ha liberado (Cf. Gál 5, 1) y nos mueve a convertirnos en siervos de todos. Venciendo las estructuras de pecado, se acentuará el proceso del desarrollo y de la liberación, concretado en el ejercicio de la solidaridad, es decir, del amor y servicio al prójimo, particularmente a los más pobres. “ Porque donde faltan la verdad y el amor, el proceso de liberación lleva a la muerte de una libertad que habría perdido todo apoyo ” (28). De aquí se da el encaminamiento al redescubrimiento de la paz –paz para sí y paz para los demás– que ha de ser buscada no solo en la intelectualidad y en las negociaciones, sino también, y fundamentalmente, en la meditación y en la plegaria.

Una “nueva imaginación de la caridad”, que nos lleve a ver con ojos nuevos la “opción por los pobres”, evangélicamente necesaria, pues proviene de la ley de la Encarnación, dado que “todo ser humano” está incluido en Cristo y la redención que ha venido a traer, y preferencialmente aquellos que más sufren, pues revelan el rostro del Siervo Sufriente. Al mismo tiempo, una “nueva imaginación” que supere el conformismo de la asistencialidad –ciertamente necesaria en momentos urgentes- y que apunte sobre todo a crear condiciones en la sociedad civil para la promoción humana auténtica y sustentable.

En ello la evangelización actuará sobre todo como fermento y “germen de redención”, y tendrá su importancia el principio de subsidiariedad. Asimismo, una tal situación preparará las “semillas del Verbo”, que interpelaran a pueblos y gentes que no creen en Cristo (29). Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas “semillas del Reino de Dios” que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales (30).

En la “nueva imaginación de la caridad” se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, resurgencia “neognóstica”, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la Encarnación y, en definitiva, con la misma tensión escatológica del cristianismo. Si esta última nos hace conscientes del carácter relativo de la historia, no nos exime en ningún modo del deber de construirla, pues el mensaje cristiano, no aparta los hombres de la tarea de la construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber.


3. El “humanismo integral y solidario” incentivado por la “nueva imaginación de la caridad”

Lo que está en juego es la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoción nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia, deudores de “el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”, lo cual implica, como hemos indicado a lo largo de este escrito, el reconocimiento de valores supremos –que han de gobernar y dirigir dicho humanismo-, y principalmente de Dios y de su acción salvadora (31). El panorama actual -como muchos ya perciben más o menos claramente-, no parece responder a esta dignidad. Cada uno está llamado a ocupar su propio lugar en esta campaña pacífica que hay que realizar con medios pacíficos para conseguir el desarrollo en la paz, para salvaguardar la misma naturaleza y el mundo que nos circunda. También la Iglesia se siente profundamente implicada en este camino, en cuyo éxito final espera (32). Los principios permanentes de la doctrina social son “cardines” de esta nueva imaginación (33)

Es preciso acentuar las medidas inspiradas en la solidaridad y en el amor preferencial por los pobres, incluyéndolos y no excluyéndolos de la sociedad (34), promoviendo para ellos soluciones concretas (35), un “humanismo del trabajo” (36). Así lo requiere el momento, así lo exige sobre todo la dignidad de la persona humana, imagen indestructible de Dios Creador, idéntica en cada uno de nosotros. La auténtica solidaridad huye ya sea del individualismo que del colectivismo, pone en auténtico valor a la familia y a las comunidades particulares, en las cuales las personas se empeñan las unas con las otras. Y se articula en los varios niveles según el principio de subsidiariedad (37).

En este empeño deben ser ejemplo y guía los hijos de la Iglesia, llamados, según el programa enunciado por el mismo Jesús en la sinagoga de Nazaret, a “ anunciar a los pobres la Buena Nueva: a proclamar la liberación de los cautivos, la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor ” (Lc 4, 18-19). Y en esto conviene subrayar una vez mas en este trabajo el papel preponderante que cabe a los laicos, hombres y mujeres. A ellos compete animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia, particularmente en la destinación universal de los bienes (38)

Hemos expresado ya el carácter virtuoso cristiano de la solidaridad: “La solidaridad es sin duda una virtud cristiana” (39), nos señala la Sollicitudo rei socialis. Es, por ende, un hábito operativo bueno, que perfecciona al ser humano. Y, más concretamente, se pueden vislumbrar en ella numerosos puntos de contacto con la caridad, que es signo distintivo de los discípulos de Cristo (Cf. Jn 13, 35). Había sido enunciada por León XIII como “amistad” (40) . De hecho, a la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de “gratuidad total”, perdón y reconciliación. Establecida esta “amistad”, el prójimo deviene no sólo otro ser humano, a quien se le reconoce sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo (41). Se convierte en un “hermano”. Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, “ hijos en el Hijo ”, de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo.

Hemos de ver ahora a la solidaridad enfocada como “clave” y “motor” de la “nueva imaginación de la caridad”. Nos ayudará a superar el “derrotismo” que a veces se apodera de los corazones, y el temor de un erosionamiento cada vez mayor de la presencia de la Iglesia en el mundo (42)

La solidaridad es “motor” en el reconocimiento efectivo de la dignidad de los demás como personas humanas, hijos de Dios, apartando la visión puramente instrumental e instrumentadora del próximo. En efecto, el ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas (43)y no como meros instrumentos (44). Los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Romper barreras, compartir en solidaridad es válido para las personas y los pueblos (45). Estos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de insistir egoísticamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás.

Es preciso destacar que un signo positivo del mundo contemporáneo es la creciente conciencia de solidaridad de los pobres entre sí, así como también sus iniciativas de mutuo apoyo y su afirmación pública en el escenario social, no recurriendo a la violencia, sino presentando sus carencias y sus derechos frente a la ineficiencia o a las dificultades de corrupción de algunos poderes públicos. “Esta preocupación acuciante por los pobres -que, según la significativa fórmula, son “ los pobres del Señor ” (46) debe traducirse, a todos los niveles, en acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas reformas necesarias. Mientras más difíciles son las situaciones, más se muestra la solidaridad (47). “Hacer opción por los pobres, estar con ellos” no es para la Iglesia una actitud táctica ni revanchista o sectaria, sino de ejercicio de la caridad cristiana (48) –que supera infinitamente el asistencialismo–: Depende de cada situación local determinar las más urgentes y los modos para realizarlas; pero no conviene olvidar las exigidas por la situación de desequilibrio internacional que hemos descrito.

La Iglesia, en virtud de su compromiso evangélico, se siente llamada a estar junto a esas multitudes pobres, a discernir la justicia de sus reclamaciones y a ayudar a hacerlas realidad sin perder de vista al bien de los grupos en función del bien común” (49).

La interdependencia debe convertirse en solidaridad, fundada en el principio de que los bienes de la creación están destinados a todos (50). Y lo que la industria humana produce con la elaboración de las materias primas y con la aportación del trabajo, debe servir igualmente al bien de todos (51).

La solidaridad, por su misma naturaleza, es una realidad ética ya que conlleva una afirmación de valor sobre la humanidad. Por esta razón, sus implicaciones para la vida humana en nuestro planeta y para las relaciones internacionales son igualmente éticas (52); en efecto, nuestros lazos comunes de humanidad nos exigen vivir en armonía y promover todo aquello que es bueno para unos y para otros. Estas aplicaciones éticas constituyen la razón por las que la solidaridad es una clave básica para la paz.

La solidaridad lleva a respetar también el “principio de concordia”, que conlleva buscar con responsabilidad y sentido cristiano que los conflictos personales, empresariales, nacionales e internacionales se resuelvan a través de medios pacíficos y sin olvidar que la paz se edifica sobre la justicia (53). De tal modo, la solidaridad y el desarrollo como claves para la paz, superando “el principio de la fuerza prevaleciente sobre la razón y el derecho” (54).

A la luz de esto el desarrollo adquiere su significación plena. No se trata de mejorar determinadas situaciones o condiciones económicas. El desarrollo viene a ser, en última instancia una cuestión de paz por el hecho de que ayuda a realizar lo que es bueno para los demás y para la comunidad humana en su totalidad, en el respeto de la verdad sobre el hombre (55).

Desde años atrás el Magisterio de la Iglesia veía con preocupación el creciente alcance mundial de la cuestión social (56), que se había transformado en crisis del sentido de la justicia entre las personas y los pueblos (57). El crecimiento de la enseñanza social en el decurso de la historia ha llevado al convencimiento de que acaso en ningún sector de la actividad humana exista mayor necesidad de solidaridad social que en el área del desarrollo, porque es el que está en más estrecha relación con la antropología (58), razón por la cual siempre tenemos que hacer referencia al ser humano y advertir acerca de la posible –y deletérea- ruptura del “progreso económico” respecto del “progreso social”, y ambos dos respecto del “desarrollo humano completo e integral” (59). Dirigirse hacia un desarrollo humano y social sólo será posible cambiando desde dentro según la verdad del hombre, sobre todo los egoísticos e inveterados estilos de vida, los modelos de producción y de consumo no dirigidos al bien social, las estructuras consolidadas de poder, en la medida en que no se hallan al servicio del bien común, que rigen hoy la sociedad (60).

De esta manera, la solidaridad que proponemos es un camino hacia la paz y hacia el desarrollo y al florecimiento de todos los derechos, en todos los niveles sociales (61). En efecto, la paz del mundo es inconcebible si no se logra reconocer, por parte de los responsable, que la interdependencia exige de por sí la superación de la política de los bloques, la renuncia a toda forma de imperialismo económico, militar o político, y la transformación de la mutua desconfianza en colaboración. Este es, precisamente, el acto propio de la solidaridad entre los individuos y entre las Naciones.

Por eso la solidaridad debe cooperar en la realización de este designio divino, tanto a nivel individual, como a nivel nacional e internacional. Los “ mecanismos perversos ” y las “ estructuras de pecado ”, de que hemos hablado, sólo podrán ser vencidos mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la que la Iglesia invita y que promueve incansablemente. Sólo así tantas energías positivas podrán ser dedicadas plenamente en favor del desarrollo y de la paz (62).

El desarrollo requiere sobre todo espíritu de iniciativa (63) por parte de los mismos países que lo necesitan (64). Cada uno de ellos ha de actuar según sus propias responsabilidades, sin esperarlo todo de los países más favorecidos y actuando en colaboración con los que se encuentran en la misma situación (65). El desarrollo de los pueblos comienza y encuentra su realización más adecuada en el compromiso de cada pueblo para su desarrollo, en colaboración con todos los demás.

Es importante, además, que las mismas Naciones en vías de desarrollo favorezcan la autoafirmación de cada uno de sus ciudadanos mediante el acceso a una mayor cultura y a una libre circulación de las informaciones. Todo lo que favorezca la alfabetización y la educación de base, que la profundice y complete, como proponía la Encíclica Populorum Progressio, (66) que es una contribución directa al verdadero desarrollo (67).

Es de desear, por ejemplo, que Naciones de una misma área geográfica establezcan formas de cooperación que las hagan menos dependientes de productores más poderosos; que abran sus fronteras a los productos de esa zona; que examinen la eventual complementariedad de sus productos; que se asocien para la dotación de servicios, que cada una por separado no sería capaz de proveer; que extiendan esa cooperación al sector monetario y financiero.

La interdependencia es ya una realidad en muchos de estos Países. Reconocerla, de manera que sea más activa, representa una alternativa a la excesiva dependencia de Países más ricos y poderosos, en el orden mismo del desarrollo deseado, sin oponerse a nadie, sino descubriendo y valorizando al máximo las propias responsabilidades. Los Países en vías de desarrollo de una misma área geográfica, sobre todo los comprendidos en la zona “ Sur ” pueden y deben constituir –como ya se comienza a hacer con resultados prometedores– nuevas organizaciones regionales inspiradas en criterios de igualdad, libertad y participación en el concierto de las Naciones.

La solidaridad universal requiere, como condición indispensable su autonomía y libre disponibilidad, incluso dentro de asociaciones como las indicadas. Pero, al mismo tiempo, requiere disponibilidad para aceptar los sacrificios necesarios por el bien de la comunidad mundial.

Recientemente, en el período siguiente a la publicación de la Encíclica Populorum Progressio, en algunas áreas de la Iglesia católica, particularmente en América Latina, se ha difundido un nuevo modo de afrontar los problemas de la miseria y del subdesarrollo, que hace de la liberación su categoría fundamental y su primer principio de acción. Los valores positivos, pero también las desviaciones y los peligros de desviación, unidos a esta forma de reflexión y de elaboración teológica, han sido convenientemente señalados por el Magisterio de la Iglesia (68).

Conviene añadir que la aspiración a la liberación de toda forma de esclavitud, relativa al hombre y a la sociedad, es algo noble y válido. A esto mira propiamente el desarrollo y la liberación, dada la íntima conexión existente entre estas dos realidades.

En el marco de las tristes experiencias de estos últimos años y del “panorama prevalentemente negativo del momento presente” (69), la Iglesia debe afirmar con fuerza la posibilidad de la superación de las trabas que por exceso o por defecto, se interponen al desarrollo, y la confianza en una verdadera liberación (70). Por tanto, no se justifican ni la desesperación, ni el pesimismo, ni la pasividad. Aunque con tristeza, conviene decir que, así como se puede pecar por egoísmo, por afán de ganancia exagerada y de poder, se puede faltar también -ante las urgentes necesidades de unas muchedumbres hundidas en el subdesarrollo- por temor, indecisión y, en el fondo, por cobardía (71). Asistimos a un creciente deseo colectivo -por encima de nacionalismos como sistemas cerrados y excluyentes por encima de las separaciones políticas, geográficas o ideológicas- de ayudar a los miembros menos favorecidos de la familia humana (72).

Por desgracia, abundan los ejemplos de obstáculos a la solidaridad debido a posiciones políticas e ideológicas que, en la práctica, impiden o limitan que se haga realidad la solidaridad (73). Son éstas, actitudes y políticas que ignoran o niegan la igualdad fundamental y la dignidad de la persona humana Tales iniciativas no ignoran las diferencias reales lingüísticas, raciales, religiosas, sociales y culturales: tampoco ignoran las grandes dificultades que existen para superar inveteradas divisiones e injusticias. Pero ponen en primer plano los elementos que unen, por pequeños que puedan parecer (74).

No basta con ponerse en contacto y ayudar a quienes padecen necesidad. Los hombres de buena voluntad, y especialmente los cristianos, han de tener como programa el ayudar a los más desfavorecidos a descubrir los valores que les permitan construir una nueva vida y ocupar con dignidad y justicia su puesto en la sociedad. Todos tienen derecho a aspirar y a lograr lo que es bueno y verdadero. Todos tienen derecho a elegir aquellos bienes que mejoran la vida; y la vida en la sociedad no es en modo alguno algo moralmente neutro. Las opciones sociales implican consecuencias que pueden promover o degradar el verdadero bien de la persona en la sociedad (75). Todo lo que es impedimento para la verdadera libertad va contra el desarrollo de la sociedad y de las instituciones sociales (76).

En efecto, a modo de uno de los problemas más acuciantes de los países en vías de desarrollo, podemos mencionar el persistente problema de la deuda externa de muchas naciones, drama que podría ser visto con nuevos ojos si todas las partes interesadas incluyeran, de modo responsable, estas consideraciones éticas en la valoración de los hechos y en las propuestas de solución (77). Tanta es la importancia que la Iglesia adjudica al problema en el contexto del desarrollo integral, que el Papa Juan Pablo II trató expresamente el tema de la deuda internacional con oportunidad del Gran Jubileo del Año 2000, en su Carta apostólica Novo Millenio Ineunte (78).

Cada vez resulta más claro que un mundo en paz, en el que se garantice la seguridad de los pueblos y de los Estados, convoca a una solidaridad activa en los esfuerzos en favor del desarrollo y del desarme. A todos los Estados afecta la pobreza de otros Estados (79).

Una solidaridad efectiva representa un antídoto a todo lo anterior. En efecto, si la cualidad esencial de la solidaridad es la igualdad radical entre todos los seres humanos, toda política que esté en contradicción con la dignidad fundamental y con los derechos humanos de la persona o de un grupo de personas ha de ser rechazada. Por el contrario, han de ser potenciadas las políticas y los programas que instauran relaciones abiertas y honestas entre los pueblos, que forjan alianzas justas, que unen a las naciones con honorables lazos de cooperación. Entre estas políticas, una adecuada promoción del voluntariado parece fundamental en nuestros tiempos (80). Tales iniciativas no ignoran las diferencias reales lingüísticas, raciales, religiosas, sociales y culturales: tampoco ignoran las grandes dificultades que existen para superar inveteradas divisiones e injusticias. Pero ponen en primer plano los elementos que unen, por pequeños que puedan parecer.

Este espíritu de solidaridad es un espíritu abierto al diálogo: que hunde sus raíces en la verdad y que tiene necesidad de la misma para desarrollarse. Es un espíritu que busca construir y no destruir, unir y no dividir. Dado que la solidaridad es una aspiración universal, ella puede adoptar muchas formas. Acuerdos regionales para promover el bien común y alentar negociaciones bilaterales pueden servir para hacer disminuir las tensiones.

En el campo del desarrollo, y especialmente en el desarrollo asistencial, se ofrecen programas que vienen presentados como “sin connotación de valores”, pero que en realidad son contravalores respecto a la vida. Ante programas de gobiernos o formas de ayuda que virtualmente coaccionan a comunidades o países a aceptar programas de contracepción o prácticas abortivas como precio para su crecimiento económico, hay que decir claramente y con fuerza que tales ofertas violan la solidaridad de la familia humana, porque niegan los valores de la dignidad y libertad de la persona.

La solidaridad que favorece el desarrollo integral es la que protege y defiende la legítima libertad de las personas y la justa seguridad de las naciones. Sin esta libertad y seguridad faltan las condiciones mismas para el desarrollo. No solamente los individuos, sino también las naciones deben tener la posibilidad de tomar parte en las opciones que les afectan.

Ello incluye el respeto de la fe, de la libertad religiosa; es valorar el papel de la fe para un pueblo y para los pueblos. La valoración de la subyacencia de la fe en las acciones sociales es un elemento principal, y a menudo desconocido, del desarrollo humano. La acción social, en cuanto eclesial, ha de ser ubicada en el horizonte de la fe, pues tiene una cualidad propiamente teológica (81).

Por ello, en el horizonte cristiano, la primacía de la gracia ha de ocupar el puesto primordial de toda promoción humana.


Notas:

(1) “Finalità immediata della dottrina sociale è quella di proporre i principi e i valori che possono sorreggere una società degna dell’uomo. Tra questi principi, quello della solidarietà in qualche misura comprende tutti gli altri: esso costituisce: “uno dei principi basilari della concezione cristiana dell’organizzazione sociale e politica”” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Conclusione, d. Costruire la “civiltà dell’amore”, 580, p. 317).

(2) “La trasformazione dei rapporti sociali rispondente alle esigenze del Regno di Dio non è stabilita nelle sue determinazioni concrete una volta per tutte. Si tratta, piuttosto, di un compito affidato alla comunità cristiana, che lo deve elaborare e realizzare attraverso la riflessione e la prassi ispirate dal Vangelo” (Idem, Parte prima. Capitolo primo. Il disegno di amore di Dio per l’umanità, IV Disegno di Dio e missione della Chiesa, b. Chiesa, Regno di Dio e rinnovamento dei rapporti sociali, 53, p. 28)

(3) Habla de la solidaridad. “Tale principio viene illuminato dal primato della carità “che è il segno distintivo dei discepoli di Cristo (cfr Gv 13,35)”. Gesù “ci insegna che la legge fondamentale della perfezione umana, e quindi della trasformnazione del mondo, è il nuovo comandamento della carità” (cfr Mt 22,40; Gv 15,2; Col 3,14; Gc 2,8). Il comportamento della persona è pienamente umano quando nasce dall’amore, manifesta l’amore ed è ordinato all’amore. Questa verità vale anche in ambito sociale: occorre che i cristiani ne siano testimoni profondamente convinti e sappiano mostrare, con la loro vita, come l’amore sia l’unica forza (cfr. 1 Cor 12,31-14,1) che può guidare alla perfezione personale e sociale e muovere la storia verso il bene” (Ibem, Conclusione, d. Costruire la “civiltà dell’amore”, 580, p. 317).

(4) Pablo VI, Enc. Populorum progressio…, op.cit., Premiere partie. “Pour un développement intégral de l’homme”. 1. “Les données du problème”, 6.

(5) Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 46.

(6) “Le tradizioni di carità diffuse sul territorio soprattuto dell’Europa continentale, sostenute da ordini religiosi e monastici, come pure da altre istituzioni ed opere della beneficenza, hanno origini molto lontane nel tempo e hanno costituito progressivamente una rete di presenze capillare ancorché disorganica” (G. GREGORINI, “Le invenzioni della carità e il movimento sociale cattolico” in UNIVERSITÀ CATTOLICA DEL SACRO CUORE, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa… op.cit., p. 836).

(7) “L’”amore sociale” si trova agli antipodi dell’egoismo e dell’individualismo: senza assolutizzare la vita sociale, come avviene nelle visione appiattite sulle letture exclusivamente sociologiche, non si può dimenticare che lo sviluppo integrale ella persona e la crescita sociale si condizionano vicendevolmente. L’egoismo, pertanto, è il più deletereio nemico di una società ordinata: la storia mostra quale devastazione dei cuori si produca quando l’uomo non è capace di riconoscere altro valore e altra realtà effettiva oltre i beni materiali, la cui ricerca ossessiva soffoca e preclude la sua capacità di donarsi” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Conclusione. Per una civiltà dell’amore, 581, p. 318).

(8) Es sobre todo interpelación a hacer de tal manera que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como “en su casa”, y no simplemente “ayudados”, pero dejándolos en su lugar, para que sigan siendo pobres, pero “asistidos”. Sería éste, afirma el Papa, un estilo de grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino. Sin esta forma de evangelización, llevada a cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día.

(9) Juan Pablo II, Carta apost. Novo millenio ineunte, op.cit., 50.

(10) “Se la giustizia “è di per sé idonea ad “arbitrare” tra gli uomini nella reciproca ripartizione dei beni oggettivi secondo l’equa misura, l’amore invece, e soltanto l’amore (anche quell’amore benigno, che chiamiamo “misericordia”) è capace di restituire l’uomo a se stesso”” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Conclusione. Per una civiltà dell’amore. 582, p. 318)

(11) “La dottrina sociale detta i criteri fondamentali dell’azione pastorale in campo sociale: annunciare il Vangelo; confrontare il messaggio evangelico con le realtà sociali; progettare azioni finalizzate a rinnovare tali realtà, conformandole alle esigenze della morale cristiana. Una nuova evangelizzazione del sociale richiede innanzi tutto l’annuncio del Vangelo: Dio in Gesù Cristo salva ogni uomo e tutto l’uomo. Tale annuncio rivela l’uomo a se stesso e deve diventare principio di interpretazione delle raltà sociali. Nell’annuncio del Vangelo, la dimensione sociale è essenziale e ineludibile, pur non essendo l’unica” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte Terza. Capitolo dodicesimo, I. L’azione pastorale in ambito sociale, d. Dottrina sociale e pastorale sociale, 526, p. 289).

(12) Dos de los dos grandes principios inspiradores de la Doctrina social de la Iglesia han de iluminar las nuevas áreas de desarrollo humano. “:Nel primo caso, quattro obiettivi fondamentali sono oggetto di azione: la promozione della solidarietà di base; l’integrazione dei servizi pubblici e privati; l’anticipazione/innovazione rispetto a nuovi bisogni emergenti; il controllo e lo stimolo rispetto alle situazione politiche. A ben vedere le grandi aperture del Concilio Vaticano II, con i pontificati di Giovanni XXIII e Paolo VI, avevano favorito il radicarsi di nuove sensibilità dedite anche a progetti di cooperazione internazionale, a sostegno dei problemi dei Paesi in via di sviluppo” (G. GREGORINI, “Le invenzioni della carità e il movimento sociale cattolico”, in: Università Cattolica del Sacro Cuore, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa… op.cit., pp. 848-849).

(13) “A partir de la comunión intraeclesial, la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral. El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse: “ He tenido hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado que beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a verme “ (Mt 25,35-36). Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (Juan Pablo II, Carta apost. Novo millenio ineunte, op.cit., 49)

(14) Juan Pablo II, Carta apost. Novo millenio ineunte, op.cit., 49.

(15) Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 39.

(16) “Il richiamo al principio cristiano della solidarietà tra i popoli non si esaurisce però in una semplice esortazione al superamento degli egoismi nazionali, ma si accompagna molto spesso a una considerazione realistica circa le conseguenze derivanti dalla crescente interdipendenza internaczionale. Si tratta di quel medesimo fenomeno che altrov vien definito in termini di “mondializazzione” (S. COTTELLESA, voz: “Nazione”, in Università Cattolica del Sacro Cuore, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa, op.cit., p. 453). Cf. Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus, op.cit., 58.

(17) “Il riferimento esplicito al termine “globalizzazione”, invece, è frequente e incisivo negli interventi più recenti del Magistero, specie nei discorsi del Santo Padre, anche se al momento attuale non abbaiamo un singolo documento del Magistero pontificio, di cui il tema della globalizzazione costituisca l’argomento specifico” (D. MARTIN, voz “Globalizzazione” in Università Cattolica del Sacro Cuore, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa… opcit., p. 344).

(18) Idem, pp. 345-347.

(19) Cf Idem, p. 346.

(20) Cf Ibidem.

(21) El mismo criterio se aplica, por analogía, en las relaciones internacionales. Las Naciones más fuertes y más dotadas deben sentirse moralmente responsables de las otras, con el fin de instaurar un verdadero sistema internacional que se base en la igualdad de todos los pueblos y en el debido respeto de sus legítimas diferencias. Los Países económicamente más débiles, o que están en el límite de la supervivencia, asistidos por los demás pueblos y por la comunidad internacional, deben ser capaces de aportar a su vez al bien común sus tesoros de humanidad y de cultura, que de otro modo se perderían para siempre.

(22) “En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo donde cobijarse?” (Juan Pablo II, Carta apost. Novo millenio ineunte, op. cit., 50).

(23) El cristiano, que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que él dirige desde este mundo de la pobreza. Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad.

(24) “Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien, pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las personas. Una situación -como una institucion, una estructura, una sociedad-no es, de suyo, sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala en sí misma “ (Juan Pablo II, Exh. Apost. Reconciliatio et poenitentia, in: AAS 77 (1985), 16, p. 217)

(25) Pablo VI, Encíc. Populorum Progressio, op.cit., 87

(26) Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 45.

(27) Cf. Juan Pablo II, Exhort. Apost. Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 16 in: AAS 77 (1985), pp. 213-217; Cf CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre la libertad cristiana y liberación, Libertatis conscientia… op.cit., pp. 569; 571.

(28) CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre la a cristiana y liberación, Libertatis conscientia… op.cit., p. 564

(29 No debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede ser excluido de nuestro amor, desde el momento que “con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre “.Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos.)

(30) Cf Juan Pablo II, Carta apost. Novo millenio ineunte, op.cit., 49.

(31) Ya hemos mencionado que el Papa Pablo VI llamó al “desarrollo” como “nuevo nombre de la paz” (Cf Pablo VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 76-80) en la mencionada encíclica, la cual puede ser considerada una continuación de la Gaudium et spes, aunque con algunas especificaciones e incluso novedades, como lo es el concepto del “desarrollo integral” del hombre y el “desarrollo solidario” de la humanidad. Este último conlleva el dicho “pasaje” desde condiciones menos humanas a condiciones de vida más humanas, lo cual puede ser visto como un adentramiento en la “humanización” del propio ser humano. Todos estos conceptos e ideas de fuerza fueron recogidos en el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, resaltando que el paso a condiciones más humanas no queda de ninguna manera circunscripto a lo técnico-económico sino que implica la adquisición de la cultura, el respeto a la dignidad de los otros, el reconocimiento de los valores supremos, cuya fuente y término es Dios. A esto condiciona la realización de un “humanismo pleno”, ya mencionado y descripto como trascendente en la Populorum progressio (Cf Pablo VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 42). Para el tema de la plenitud de dicho humanismo, cuya condición es la de ser “gobernado por los valores espirituales”, véase PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE; Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte Prima. III. La dottrina sociale nel nostro tempo: cenni storici. Capitolo secondo. Missione della Chiesa e dottrina sociale, 98, p. 54: “Lo sviluppo a vantaggio di tutti risponde all’esigenza di una giustizia su scala mondiale che garantisca una pace planetaria e renda possibile la realizzazione di un “umanesimo plenario” governato dai valori spirituali”.

(32) Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 47.

(33) “I principi permanente della dottrina sociale della Chiesa costituiscono i veri e propri cardini dell’insegnamento sociale católico: si tratta del principio della dignità della persona umana (…) del bene comune, della sussidiarietà e della solidarietà. Tali principi, espressione dell’intera verità sull’uomo conosciuta tramite la ragione e la fede, scaturiscono “dall’incontro del messaggio evangelico e delle sue esigenze, che si riassumono nel comandamento supremo dell’amore di Dio e del prossimo e nella giustizia, con i problemi derivanti dalla vita della società”. La Chiesa, nel corso della propria tradizione di fede, ha potuto dare a tali principi fondazione e configurazione sempe più acurate, enucleandoli progressivamente, nello sforzo di rispondere con coerenza alle esigenze dei tempi e ai continui sviluppi della vita sociale” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima. Capitolo quarto. I principi della dottrina sociale della Chiesa. I. Significato e unità, 160, p. 87).

(34) A este respecto, es conveniente recordar particularmente: la reforma del sistema internacional de comercio, hipotecado por el proteccionismo y el creciente bilateralismo; la reforma del sistema monetario y financiero mundial, reconocido hoy como insuficiente; la cuestión de los intercambios de tecnologías y de su uso adecuado; la necesidad de una revisión de la estructura de las Organizaciones internacionales existentes, en el marco de un orden jurídico internacional. El sistema internacional de comercio suele discriminar los productos de las industrias incipientes de los países en vías de desarrollo, mientras desalienta a los productores de materias primas. Existe, además, una cierta división internacional del trabajo por la cual los productos a bajo coste de algunos países, carentes de leyes laborales eficaces o demasiado débiles en aplicarlas, se venden en otras partes del mundo con considerables beneficios para las empresas dedicadas a este tipo de producción, que no conoce fronteras.El sistema monetario y financiero mundial se caracteriza por la excesiva fluctuación de los métodos de intercambio y de interés, en detrimento de la balanza de pagos y de la situación de endeudamiento de los países pobres (Cf PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima. Capitolo sesto. Il lavoro umano. III. La dignità del lavoro, c., 281-283).

(35) Por eso, siguiendo la Encíclica Populorum progressio del Papa Pablo VI, y el Magisterio posterior, en especial Sollicitudo rei socialis, crecemos en la conciencia de gravedad del momento presente y de la respectiva responsabilidad individual. Es preciso que pongamos por obra, -con el estilo personal y familiar de vida, con el uso de los bienes, con la participación como ciudadanos, con la colaboración en las decisiones económicas –incluyendo las financieras- y políticas y con la propia actuación a nivel nacional e internacional.

(36) “Risulta sempre più necessaria un’attenta considerazione della nuova situazione del lavoro nell’attuale contesto della globalizzazione, in una prospettiva che valorizzi la naturale propensione degli uomini a stabilire relazioni (…) Il fondamento ultimo di questo dinamismo è l’uomo che lavore, è sempre l’elemento soggettivo e non quello oggettivo. Anche il lavoro globalizzato trae origine, pertanto, dal fondamento antropologico dell’intrinseca dimensione relazionale del lavoro. Gli aspetti negativi della globalizzazione del lavoro non devono mortificare le possibilità che si sono aperte per tutti di dare espressione ad un umanesimo del lavoro a livello planetario, ad una solidarietà del mondo del lavoro a questo livello, affinché lavorando in un simile contesto, dilatato ed interconnesso, l’uomo capisca sempre di più la sua vocazione unitaria e solidale” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima. Capitolo sesto. Il lavoro umano.III. La dignità del lavoro, d., 322).

(37) Cf CONFERENZA EPISCOPALE ITALIANA, Catechismo degli adulti. “La verità vi farà liberi”, Cap. 28, L’impegno sociale e politico, 2 Persona e società, [1100], p. 525.

(38) “Il principio della destinazione universale dei beni invita a coltivare una visione dell’economia ispirata a valori morali che permettano di non peredere mai di vista né l’origine né la finalità di tali beni, in modo da realizzare un mondo equo e solidale” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit. Parte prima. Capitolo quarto. I principi della dottrina sociale della Chiesa. III. La destinazione universale dei beni, a. Origine e significato, 174, p. 94)

(39) Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 40.

(40) Cf E. COLOM, Chiesa e società… op.cit., p. 301.

(41) Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuestos al sacrificio, incluso extremo: “ dar la vida por los hermanos ” (Cf. 1 Jn 3, 16). Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 40.

(42) “Le défaitisme n’est vraiment pas justifié. Si le monde n’est pas catholique du point de vue confessionel, il est certainement imprégné en profondeur par l’Evangile. On peut même être assuré qu’invisiblement, le mystère de l’Eglise, Corps du Christ, y est plus que jamais présent et actif ” (Juan Pablo II, Entrez dans l’espérance. Avec la collaboration de Vittorio Messori, Paris, 1994, Le défi de la nouvelle évangelisation, peut-il être relevé ?, p. 178)

(43) Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., n. 39.

(44) La solidaridad nos ayuda a ver al “ otro ” -persona, pueblo o Nación-, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un “ semejante ” nuestro, una “ ayuda ” (Cf. Gén 2, 18. 20), para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios. De aquí la importancia de despertar la conciencia religiosa de los hombres y de los pueblos.

(45) “Occorre rompere le barriere e i monopoli che lasciano tanti popoli ai margini dello sviluppo, assicurare a tutti –individui e Nazioni- le condizioni di base che consentano di partecipare allo sviluppo. Tale obiettivo richiede sforzi programmati e responsabili da parte di tutta la comunità internazionale. Occore che le azioni più forti sappiano offrire a quelle più deboli occasioni di inserimento della vita internazionale e che quelle più deboli sappiano cogliere tali occasioni, facendo gli sforzi e i sacrifici necessari, assicurando la stabilità del quadro politico ed economico, la certezza di prospettive per il futuro, la crescita delle capacità dei propri lavoratori, la formazione di imprenditori efficienti e consapevoli delle loro responsabilità” (Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus, op.cit., 35/4).

(46) Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit, 43.

(47) “Questo impegno di solidarietà deve viversi tanto più intensamente quanto più difficili sono le condizioni altrui” (E. COLOM, Chiesa e società… op.cit., p. 301).

(48) La enseñanza de la Iglesia viene recordando el tema de modo sistemático desde la Rerum novarum, de León XIII, cuyo contenido –según palabras de Juan Pablo II- “(…) è un eccellente testimonianza della continuità, nella Chiesa, della cosidetta “opzione preferenziale per i poveri”, opzione che ho definito come una “forma speciale di primato nell’esercizio della carità cristiana” (Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 42).

(49) Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 39.

(50) “Strettamente legato con il principio di solidarietà è il principio di destinazione universale dei beni, cui si trovano collegati sia il diritto alla proprietà privata come la sua ipoteca sociale, ai quali la “Centesimus annus” dedica un intero capitolo” (E. COLOM, Chiesa e società, op.cit., p. 301. Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. Past. Gaudium et spes, op.cit., 69; 71; Cf también Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus, op.cit., 30/3.

(51) Se excluyen así la explotación, la opresión y la anulación de los demás. Tales hechos, en la presente división del mundo en bloques contrapuestos, van a confluir en el peligro de guerra y en la excesiva preocupación por la propia seguridad, frecuentemente a expensas de la autonomía, de la libre decisión y de la misma integridad territorial de las naciones más débiles. Cada una de estas realidades tiene su significado específico. Ambas son necesarias para conseguir las metas que nos proponemos.

(52) Cf PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte prima. Capitolo terzo. La persona umana e i suoi diritti. IV. I diritti umani, d. Diritti dei popoli e delle Nazioni, 157: “L’assetto internazionale richiede un equilibrio tra particolarità ed universalità, alla cui realizazzione sono chiamate tutte le Nazioni, per le quali il primo dovere è quello di vivere in atteggiamento di pace, di rispetto e di solidarietà con le altre Nazioni”

(53) “La Chiesa sa bene che nella storia i conflitti di interessi tra diversi gruppi sociali insorgono inevitabilmente e che di fronte ad essi il cristiano deve spesso prender posizione con decisione e coerenza” (Juan Pablo II, enc. Centesimus annus, 14/1).

(54) Cf Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus, op.cit., 14/2.

(55) “Conviene ancora sottolineare che il bene comune, la dignità della persona e i diriti umani, si potranno raggiungere unicamente quando si rispetti l’intera verità sull’uomo, verità che necessariamente possiede una valenza teocentrica: soltanto nella Parola di Dio e alla luce del Verbo siamo in grado di capire l’uomo nella sua integrità, e dunque anche nella sue dimensione sociale; quest’ultima deve fondarsi sur principio della soggettività, da cui derivano altri principi e diritti (…): la libertà religiosa intimamente collegata con la ricerca de la verità, la sussidiarietà, l’iniziativa economica e la partecipazione, la solidarietà specialmente con i più deboli, la destinazione universale dei beni, la promozione della pace e della concordia” (E. COLOM, Chiesa e società… op. cit., p. 303).

(56) Cf Pablo VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 3.

(57) Como lo hemos apuntado en distintas ocasiones, no basta la asistencia –y menos el asistencialismo– para crear una auténtica cultura de la solidaridad, la cual ha de poseer elementos de estabilidad y sustentabilidad, y, sobre todo, ha de tener como principal objetivo la promoción de la justicia. No se trata sólo de dar lo superfluo a quien está necesitado, sino de ayudar a pueblos enteros –que están excluidos o marginados– a que entren en el círculo del desarrollo económico y humano.

(58) “L’insegnamento sociale cristiano sottolinea come il modo di impostare l’attività sociale sia intimamente collegato con l’antropologia, ossia con la visione che si ha della persona umana; donde la necessità di tracciare un’immagine autentica dell’uomo, in modo che si possano così impostare correttamente i programmi sociali –politici, culturali, lavorativi…” (E. COLOM, Chiesa e società… op cit., p. 302).

(59) Cf Pablo VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 35.

(60) Cf Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus, op.cit, 58.

(61) “Questi principi devono avere un loro concreto riflesso nell’organizzazione di ogni società: a livello personale, imprenditoriale, sindacale, associativo, nazionale e internazionale, perché sia veramente una società a servizio dell’uomo” (E. COLOM, Chiesa e società… op.cit., p. 303).

(62) Las instituciones y las Organizaciones existentes han actuado bien en favor de los pueblos. Sin embargo, la humanidad, enfrentada a una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo, necesita hoy un grado superior de ordenamiento internacional, al servicio de las sociedades, de las económicas y de las culturas del mundo entero.

(63) Cf Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 44.

(64) Pablo VI, Enc. Populorum Progressio, 55: l.c., p. 284: “(...). es precisamente a estos hombres y mujeres a quienes hay que ayudar, a quienes hay que convencer que realicen ellos mismos su propio desarrollo y que adquieran progresivamente los medios para ello “; Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, op.cit., 86.

(65) Cada uno debe descubrir y aprovechar lo mejor posible el espacio de su propia libertad. Cada uno debería llegar a ser capaz de iniciativas que respondan a las propias exigencias de la sociedad. Cada uno debería darse cuenta también de las necesidades reales, así, como de los derechos y deberes a que tienen que hacer frente.

(66) Pablo VI, Enc. Populorum progressio, op.cit., 35.

(67) Para caminar en esta dirección, las mismas naciones han de individuar sus prioridades y detectar bien las propias necesidades según las particulares condiciones de su población, de su ambiente geográfico y de sus tradiciones culturales. Algunas Naciones deberán incrementar la producción alimentaria para tener siempre a su disposición lo necesario para la nutrición y la vida. En el mundo contemporáneo,-en el que el hambre causa tantas víctimas, especialmente entre los niños- existen algunas Naciones particularmente no desarrolladas que han conseguido el objetivo de la autosuficiencia alimentaria y que se han convertido en exportadoras de alimentos.

(68) Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción sobre los aspectos de la Teología de la Liberación, Libertatis nuntius, (6 de agosto de 1984), Introducción in: AAS 76 (1984), pp. 876 s

(69) Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, op.cit., 47.

(70) Confianza y posibilidad fundadas, en última instancia, en la conciencia que la Iglesia tiene de la promesa divina, en virtud de la cual la historia presente no está cerrada en sí misma sino abierta al Reino de Dios.

(71) Todos estamos llamados, más aún obligados, a afrontar este tremendo desafío de la última década del segundo milenio. Y ello, porque unos peligros ineludibles nos amenazan a todos: una crisis económica mundial, una guerra sin fronteras, sin vencedores ni vencidos. Ante semejante amenaza, la distinción entre personas y Países ricos, entre personas y Países pobres, contará poco, salvo por la mayor responsabilidad de los que tienen más y pueden más.

(72) El espíritu humano contiene en sí la posibilidad de responder con gran generosidad a los sufrimientos del prójimo. A esto ayuda notablemente la “mancomunidad axiológica” en el sentido en que la hemos presentado. En esta respuesta podemos descubrir una creciente puesta en práctica de la “solidaridad social” que, de palabra y de hecho, proclama que todos somos una sola cosa, que debemos reconocernos como tales y que esto es un elemento esencial para el bien común de los individuos y de las naciones.

(73) Son numerosas en nuestro mundo contemporáneo las situaciones que impiden o dificultan la “solidaridad social”. Entre ellas, una tendencia que ha sido creciente en los últimos años puede mencionarse en concreto: la xenofobia, que hace que determinadas naciones se cierren en sí mismas o que determinados gobiernos instauren leyes discriminatorias contra grupos humanos dentro del mismo país. La mencionada xenofobia empeora aun mas cuando a su concepto se auna el “odio religioso”, o, mejor llamado, el “odio por razones aparentemente religiosas”, las divisiones y conflictos –muchas veces creados por intereses políticos- por razón de la “índole religiosa”. Juntamente a la anterior, la situación del cierre arbitrario e injustificado de fronteras, origina que muchas personas se vean privadas, en la práctica, de la posibilidad de moverse y de mejorar su suerte, o de poder reunirse con sus seres queridos y, como es natural, halla su raíz principalmente en ideologías cerradas y en nacionalismos cimentados en aquéllas. Otro mal, que en los últimos años ha ocasionado inmensos sufrimientos a muchas personas y tanta destrucción a la sociedad, es el terrorismo. Temido a escala mundial, y propiciado por organizaciones que escapan al control de los gobiernos y de los Estados, ha logrado trasmutar malamente la faz del mundo, en cuanto a las trasportaciones, los viajes, la economía y la actitud política de los Estados para con los extranjeros. (Acerca del terrorismo, reputado “una de las formas más brutales de la violencia que hoy estremece a la comunidad internacional, sembrando odio, muerte y deseos de venganza”, consúltese PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte Terza. Capitolo undicesimo. III Il falllimento della pace: la guerra, f-. La condanna del terrorismo, 513, p. 280).

(74) Acuerdos regionales para promover el bien común y alentar negociaciones bilaterales pueden servir para hacer disminuir las tensiones. El intercambio de tecnologías y de información para prevenir desastres, o para mejorar la calidad de vida en un área determinada, contribuirá a la solidaridad y facilitará medidas a un más amplio nivel.

(75) En los distintos proyectos de los organismos internacionales para el campo del desarrollo, y especialmente en el desarrollo asistencial, se ofrecen programas que vienen presentados como “sin connotación de valores”, pero que en realidad configuran “contravalores” respecto a la vida. Ante programas de gobiernos o formas de ayuda que virtualmente coaccionan a comunidades o países a aceptar programas de contracepción o prácticas abortivas como precio para su crecimiento económico, hay que decir claramente y con fuerza que tales ofertas violan la solidaridad de la familia humana, porque niegan los valores de la dignidad y libertad de la persona.

(76) Explotación, amenazas, sumisión forzada, negación de oportunidades por parte de un sector de la sociedad respecto a otro, son cosas inaceptables que contradicen la noción misma de solidaridad humana. Tales actividades, ya sea en el seno de una sociedad o entre naciones, pueden por desgracia parecer, por algún tiempo, un éxito. Sin embargo, cuanto más se prolonguen dichas condiciones, tanto más vienen a ser causa de ulteriores represiones y de creciente violencia. Las semillas de la destrucción han sido sembradas en la injusticia institucionalizada. Negar los medios para el pleno desarrollo de un sector de una sociedad o nación determinada, sólo puede conducir a la inseguridad y a la agitación social, además de que fomenta el odio, la división y destruye toda esperanza de paz.

(77) Muchos aspectos de este problema -como el proteccionismo, los precios de las materias primas, las prioridades en las inversiones, el respeto de las obligaciones contraídas, así como el tener en cuenta la situación interna de las naciones en deuda- se beneficiarían de la búsqueda solidaria de aquellas soluciones que promueven un desarrollo estable.En relación a la ciencia y a la tecnología, surgen nuevas y marcadas divisiones entre quienes disponen de tecnología y quienes no. Tales desigualdades no promueven la paz y el desarrollo armónico, sino que hacen perdurar situaciones de desigualdad ya existentes. Si las personas son el sujeto del desarrollo y su meta, es un imperativo ético de solidaridad la participación más amplia de las naciones menos avanzadas en las aplicaciones de la tecnología, así como el rechazo a hacer de tales países áreas de ensayo para experimentos dudosos o lugares de depósito de determinados productos. En este campo, están siendo llevados a cabo grandes esfuerzos por parte de Organismos Internacionales y de algunos Estados, lo cual representa una importante contribución para la paz. Aportaciones recientes sobre las relaciones entre desarme y desarrollo -dos de los problemas más cruciales con que se enfrenta el mundo de hoy-representan serias amenazas para la paz del mundo.

(78) Cf Juan Pablo II, Carta apost. Novo Millenio ineunte, op.cit.,14.

(79) Todos los Estados sufren las consecuencias de la falta de resultados positivos en las negociaciones para el desarme. No podemos tampoco olvidar las así llamadas “guerras locales”, que pagan costosos tributos en vidas humanas. Todos los Estados tienen responsabilidad en la paz del mundo y esta paz no podrá ser asegurada mientras la seguridad basada en las armas no sea reemplazada gradualmente por la seguridad basada en la solidaridad de la familia humana.

(80) “Molte esperienze del volontariato costituiscono un ulteriore esempio di grande valore, che spinge a considerare la società civile come luogo ove è sempre possibile la ricomposizione di un’etica pubblica centrata sulla solidarietà, sulla collaborazione concreta, sul dialogo fraterno. Alle potenzialità che così si manifestano tutti sono chiamati a guardare con fiducia e a prestare la propria opera personale per il bene della comunità in generale e, in particolare, per quello dei puù deboli e dei più bisognosi. È anche così che si afferma il principio della “soggettività della società”” (PONTIFICIO CONSIGLIO DELLA GIUSTIZIA E DELLA PACE, Compendio della Dottrina sociale della Chiesa, op.cit., Parte Seconda. IV Il sistema della democrazia. c. L’applicazione del principio di sussidiarietà, 420, pp. 228-229).

(81) Cf S. LANZA, “La dottrina sociale nella vita della comunità cristiana”, (a cura del Pontificio istituto pastorale Redemptor hominis della Pontificia Università Lateranense) in UNIVERSITÀ CATTOLICA DEL SACRO CUORE, Dizionario di dottrina sociale della Chiesa... op.cit., p. 869.


Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján

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