miércoles, 30 de septiembre de 2009

SAN BENITO, CREADOR DE UNA CIVILIZACIÓN DE PAZ

Ofrecemos a continuación una homilía de Mons. Oscar Sarlinga, por entonces Obispo titular de Uzali y auxiliar de Mercedes-Luján, en la solemnidad de San Benito, Abad, en la que se refiere a la civilización de paz y la relación con la paz civil.

SOLEMNIDAD DE SAN BENITO

Homilía de monseñor Oscar Domingo Sarlinga Obispo titular de Uzali y auxiliar de Mercedes-Luján, en la solemnidad de San Benito Abad (Abadía de San Benito de Luján, 11 de julio de 2005)


Querido Padre Abad y hermanos de esta venerable comunidad monástica

Queridos sacerdotes, diácono, hermanos todos en el Señor


Constituye una gran alegría para quien les habla el celebrar hoy la solemnidad de San Benito Abad, en ésta, su Casa de Luján, a los pies de la Virgen Santísima que, en su advocación mediante la cual es Patrona de la Argentina, nos protege y guía en nuestro caminar. Agradezco de corazón al Padre Abad la invitación y a todos ustedes el afecto y acompañamiento espiritual.

I. Vida del Santo “Benedictus”

El Papa San Gregorio Magno habla del Santo cuya fiesta celebramos, como de un “hombre verdaderamente insigne, digno de toda veneración”. Lo hace en “La vida de San Benito”, extraída del Segundo Libro de sus “Diálogos” (1). Dice allí también que se llamaba “Benedictus”, y que este hombre fue verdaderamente bendecido de nombre y de gracia, pues ya desde los primeros años de su niñez era “maduro” –es la palabra empleada– en sus costumbres, al punto de ser casi un “precursor” de su edad, llevando la delantera a la poquedad de su edad, si podemos expresarnos así, por la seriedad y madurez de sus costumbres. Nos narra asimismo el santo Papa que “Benedictus”, o Benito, hubiera podido disfrutar ampliamente de los gustos de este mundo, pero que, teniendo ante la vista los bienes celestiales, despreció a aquéllos como a flores secas y marchitas. Vemos todo un sentido proveniente de un acendrado don del discernimiento, fruto de la prudencia vivida ya desde la tierna edad, prudencia o “sabiduría de lo concreto, recta razón del obrar”, vivida como don y bendición, pues Benito era un elegido, “benedictus” para fundar vida religiosa, crear paz y civilización, atraer la bendición del Señor al mundo de entonces, y al actual.
Nacido de la noble familia de la región de Nursia, o Norcia, en italiano, sus padres pensaron en hacerlo estudiar y con ese fin lo mandaron a Roma, donde era más hacedero participar de los estudios literarios. Iniciando esta etapa nueva de su vida, una gran desilusión lo golpeó, y en esto se ve nuevamente el don de discernimiento que lo adornaba. En dicho lugar de estudios encontró jóvenes que estaban en cosas totalmente diversas que en los caminos de la virtud. Sigue narrándonos San Gregorio Magno que nuestro Santo discernió bien los tiempos: “Acababa de poner un pie en el umbral del mundo; lo retrajo inmediatamente atrás. Había entendido que incluso una parte de aquella ciencia mundana habría sido suficiente para precipitarlo entero en los abismos” (2) Abandonó, pues, los estudios, y también la casa y los bienes paternos, a la búsqueda de un hábito de vida que lo hiciera consagrado al Señor. Señala nuevamente San Gregorio Magno que “(…) le ardía en el corazón una única ansia: la de agradar sólo a Él”, al Señor. En efecto, había aprendido a fondo, y en el alma, la ciencia de Dios. Y así fue cultivador de civilización: ingeniero y arquitecto de monasterios, restaurador de la cultura, creador de paz, cultor de la vida monástica como comunidad de Amor realizado, a imagen de la Trinidad: la ciencia de Dios en contemplación y acción.

II. La paz en la Regla de San Benito

En el “Prólogo” de la Regla, San Benito sienta las bases de la paz del alma y de la comunidad: “Cuando el Señor busca su operario entre la multitud, insiste diciendo: “¿Quién es el hombre que quiere la vida y arde del deseo de ver días felices?”. Si a estas palabras tu respondes: “Yo”, Dios replicará: “Si quieres tener la vida, la verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal y tus labios de la mentira. Aléjate de la iniquidad, obra el bien, busca la paz y corre tras ella”. Si obran así, volveré mis ojos a ustedes y mis oídos escucharán las plegarias de ustedes. Más aun, antes que me invoquen, les diré: “Aquí estoy””. Están aquí asentadas también las bases divinas de los instrumentos humanos de las buenas obras, que presenta en el capítulo IV: “Cumplir cotidianamente los mandamientos de Dios. Amar la castidad, no odiar a nadie, no ser celoso, no cultivar la envidia, no amar las peleas, huir de la altivez y respetar a los ancianos, amar a los jóvenes, orar por los enemigos en el amor de Cristo, en la eventualidad de un conflicto con un hermano, establecer la paz antes de la caída del sol. Y no desesperar jamás de la misericordia de Dios”. Por supuesto que todo el “ars spiritualis” encuentra aquí su condensación. Es el arte, dado por gracia, de buscar la paz, la que emerge de un corazón purificado y hace feliz al mismo corazón, el cual representa toda la interioridad específicamente humana del hombre. Es arte que también hace felices a los demás. El corazón purificado se transforma, entonces, en una “bendición” para los otros, ayudándolos también a ser “benditos”. Bendición de la Paz, un gran anhelo de la humanidad actual.
En este orden de la Paz, permítaseme decir que resulta muy significativo que el primer Papa elegido en los inicios de este tercer Milenio al que nos condujera el gran Papa Juan Pablo II, el actual Pontífice Benedicto XVI, en el siglo Joseph Ratzinger, haya elegido, precisamente, el nombre de “Benedictus”. Nomen est omen, “el nombre es un presagio”, decían los antiguos, y el hecho del nombre papal remite por entero a la deseada Paz, remontándose a san Benito y a sus predecesores del mismo nombre, en especial Benedicto XV. Nos dice al respecto un autor: “El nombre “Benedicto” (Benito), que ha tomado el primer Sumo Pontífice elegido en el tercer milenio de la era cristiana, remite en primer lugar a san Benito de Nursia, el cual introdujo en Europa una propuesta compartida y activa de vida contemplativa diversa del anacoretismo y del estilitismo (…). En particular, la propuesta de san Benito apoya la vida espiritual en dos sólidas rocas: la lex orandi (ley de la oración) y la lex laborandi (la ley del trabajo), que se remontan directamente a los fundamentos originarios del Verbo y del amor, los cuales unidos, forman la divina Comunidad trinitaria, la cual, a su vez, es impulso y modelo para las comunidades cristianas” (3). Al mismo tiempo, como dijimos, la evocación del inmediato predecesor del mismo nombre, Benedicto XV dicen mucho acerca de un propósito de Paz: fue el Papa que todo lo intentó para conjurar los malvados y deletéreos efectos de la primera guerra mundial, el que todas las obras puso en acción para ayudar a la humanidad en horas aciagas; fue un Papa de la paz, de las misiones, de la promoción de la Sagrada Escritura, de la unidad de la Iglesia. Nomen est omen.

III. La paz en la sociedad civil, según el concepto de San Benito

La paz del corazón y de los corazones tiene su efecto en la sociedad civil. El Papa Pablo VI, de feliz memoria, hace una alusión a la construcción de la paz en la sociedad contemporánea, sobre el modelo benedictino de la fe y de la unidad, que tanto dio a Europa y a la civilización cristiana en el mundo. Se refiere a ello en 1964, en la homilía de la consagración de la iglesia de Montecassino, con motivo de la reconstrucción obrada luego de los estragos causados en la segunda guerra mundial.
Decía en ese momento el Santo Padre: “El hecho es tan grande e importante que toca a la existencia y la consistencia de nuestra vieja y siempre vital sociedad, hoy tan necesitada de alcanzar linfa nueva a las raíces de donde obtuvo su vigor y su esplendor, esto es, las raíces cristianas, que san Benito tanto le ofreció y alimentó con su espíritu (…) No ya porque se deba pensar a un nuevo Medioevo caracterizado por la actividad dominante de la Abadía Benedictina, pues un rostro muy diverso posee nuestra sociedad, con sus centros culturales, industriales, sociales y deportivos, sino por dos razones que hacen todavía desear la austera y suave presencia de san Benito entre nosotros: por la fe, que él y su orden predicaron en la familia de los pueblos (…) la fe cristiana, la religión de nuestra civilización, la de la santa Iglesia, madre e maestra de los pueblos; y por la unidad, para la cual el gran Monje solitario y social nos educó como hermanos (…) Fe y unidad: qué cosa mejor podremos desear e invocar para el mundo entero (…) Qué cosa de más moderno y de más urgente?. Y qué cosa de más necesario y útil para la paz?” (4)
La sociedad actual requiere ser construida en paz. La paz es don de Dios pues Cristo es nuestra paz. La paz construye la familia, la comunidad, la sociedad, la Iglesia. Volvemos aquí a la esencia misma del evangelio en su vertiente de conducta moral personal y comunitaria, resumida, si podemos decir así, en el capítulo IV de la Regla de San Benito, que hemos citado. La humanidad tiene urgencia de recibir una nueva evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en sus modos de expresión, como nos lo pidiera en su momento el Papa Juan Pablo II. La humanidad tiene gran necesidad de un nuevo humanismo cristiano, integral y solidario, plenamente trascendente y a la vez plenamente humano. La humanidad tiene necesidad, por fin, de la Ciudad de Dios, que haga base en esta Ciudad de la tierra, para transformarla desde dentro, con la esperanza activa de la patria del Cielo que nos espera todo, donde ya no habrá dolor y veremos a Dios cara a cara, transfigurados.
En la espera de esa vida eterna, construyamos esta patria terrena en la Paz. Con este maravilloso fin, “sancta Crux sit nobis lux”. Y la Virgen Madre nos guíe en este caminar.


Notas:

(1) San Gregorio Magno, Libro II° dei “Dialoghi” (Testo integrale) Traduzione a cura dei PP. Benedettini di Subiaco, pubblicato nella collana “Spiritualità nei secoli” di Città Nuova Editrice, Prólogo.
(2) Ibidem
(3) D. VENERUSO, El nombre de Benedicto XVI. Una fuente de indicaciones valiosas para la vida espiritual de todo el pueblo de Dios, in: L’Osservatore Romano, Ed. en lengua española, N. 18, 6 de mayo de 2005, p. 6 (242).
(4) Pablo VI, Homilía del Santo Padre con motivo de la consagración de la iglesia del Archicenobio de Montecassino, del sábado 24 de octubre de 1964, Fiesta del Arcángel San Rafael.


Mons. Oscar Domingo Sarlinga, obispo auxiliar de Mercedes-Luján.

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